TERROR COTIDIANO. LA VIOLENCIA DE GÉNERO - Cristina Rodriguez Cahill Psicóloga
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TERROR COTIDIANO. LA VIOLENCIA DE GÉNERO

TERROR COTIDIANO. LA VIOLENCIA DE GÉNERO

PELÍCULA: CUSTODIA COMPARTIDA (Xavier Legrand, 2017)

DISPONIBLE EN: FILMIN

¡AVISO: PUEDE CONTENER SPOILERS!

“Cuando él viene me quedo preocupado por mamá… Quiero quedarme con mi madre y mi hermana porque tengo miedo de que se queden solas. Él no es un padre y me alegro de que se vayan a divorciar”

Julien, hijo de Myriam y Antoine

Cuando terminé de ver esta película en el cine recuerdo quedarme petrificada en el asiento presa del horror. Creo que no fui la única. Cuando terminaron los títulos de crédito, un profundo y aterrador silencio envolvía la sala. Nadie hablaba. Tardé un tiempo en reaccionar y comentarle a mi acompañante “una película fantástica”. Por supuesto, una frase hecha que solo reflejaba que me había quedado sin palabras. Sobrecogida por la pesadilla que acababa de presenciar, nada de lo que pudiera decir, expresaría bien mis sentimientos. Solo recuerdo pensar: “ésta es la parálisis que sienten las mujeres que veo en consulta y que son víctimas de violencia de género”.

El director juega intencionalmente con un título engañoso para sumergirnos, sin posibilidad de escapar, en la historia de terror cotidiano de Myriam y sus hijos. Así les sucede a las víctimas. Esta ópera prima de Xavier Legrand no solo cuenta una historia de violencia de género, es una película inmersiva que te traslada a la experiencia que supone ser víctima de este tipo de violencia. “Custodia compartida” es un filme que se experimenta en primera persona, es “cine de emoción” que te permite vivir “desde dentro” la compleja dinámica que conllevan estas situaciones de violencia. La película nos atrapa, nos asfixia y somos capaces de palpar la violencia a punto de estallar. Por esta razón, la considero la película perfecta para hablar sobre violencia de género. En este artículo abordaré las siguientes cuestiones:

1. El silencio en la violencia machista

2. Los mecanismos psicológicos que sustentan la violencia de género

3. ¿Existe un perfil de agresor y de víctima?

4. ¿Cuál es nuestra responsabilidad social ante estas situaciones?

El silencio en la violencia machista 

Esta película va precedida de un corto del mismo director, “Antes de perderlo todo” (2013), que nos cuenta el valiente momento en que Myriam, madre de Juliene y Joséphine, decide separarse de su marido a quien teme. En la secuela “Custodia compartida” la historia comienza en los juzgados. Myriam solicita la custodia exclusiva de su hijo Julien pero no es capaz de defender su postura de forma clara. Por otro lado, vemos a Antoine, un hombre que alega que solo lucha por ver a sus hijos. Sus argumentos resultan convincentes aunque hay algo en sus modos que nos hace sospechar. El espectador presencia una pelea judicial aparentemente civilizada por la custodia de un hijo tras una separación y se siente igual de despistado que la jueza que lleva el caso. 

Gracias a los acontecimientos dramáticos de la película vamos descubriendo la profunda y malsana violencia de un hombre hacia su ex mujer. Detrás de la pelea por la custodia, se va destapando el oculto propósito de Antoine de destruir a su víctima y vengarse de ella a través de sus hijos. Resulta desgarrador ver como el hijo menor, inevitablemente, carga con la misión autoimpuesta de proteger a su madre de la violencia de su padre. Por lo tanto, la película no solo habla de violencia machista sino también sobre las devastadoras consecuencias que ésta tiene sobre los hijos. 

Un aspecto muy interesante de “Custodia Compartida” es que no es una cinta intimista, los protagonistas no hablan de sus sentimientos, simplemente sobreviven al horror desde la acción. En la única situación en la que escuchamos a Myriam hablar sobre lo que sufre es frente a la jueza, pero no es capaz de poner en palabras la magnitud de lo que sucede, y en respuesta, es deslegitimada. La violencia de Antoine permanece, así, oculta e invisible frente a la justicia y a la sociedad. Esta situación es, desgraciadamente, muy habitual. Las mujeres víctimas de violencia machista, destruidas psicológicamente por lo que están viviendo, no son capaces de formularlo ni ponerlo en palabras. 

Cabe señalar que un aspecto técnico importante del filme es que no tiene música, excepto la escena del cumpleaños de la hija. El director, buscando la empatía con la protagonista, decidió usar los sonidos cotidianos como banda sonora, generando en el espectador una alerta a la amenaza del depredador. Así viven las víctimas, buscando siempre descifrar el estado emocional o como llega a casa el maltratador para así intentar evitar la inevitable agresión.

Los mecanismos de la violencia en la pareja

Resulta magistral como el director consigue que vayamos experimentando el mismo proceso que vive la víctima en su relación con el maltratador. Las mujeres que son víctimas de violencia de género no pueden llegar a sospechar la espiral de violencia en la que se verán atrapadas. Evidentemente, todo empieza mucho antes de las agresiones físicas. El maltratador inicialmente busca generar un vínculo intenso, dependiente para lo que seduce y engaña hasta que tiene la sensación de tener a la víctima bajo su control. Este es el momento en el que comienzan las “microviolencias”, comportamientos despreciativos o abusivos sutiles, a veces maquillados de buenas intenciones. Estas maniobras larvadas buscan desestabilizar a la víctima y van preparando el terreno de inseguridad para que pueda llevarse a cabo la destrucción psicológica. Nunca hay violencia física sin que antes haya habido violencia psicológica. 

Lo que siempre está en juego con la violencia psicológica es la dominación. El proceso de sometimiento que llega a paralizar a la víctima es complejo, basado siempre en la negación de sus percepciones y en su cosificación. Hablamos de maltrato psicológico cuando una persona adopta una serie de actitudes y palabras que buscan denigrar, herir o destruir al otro. La agresión no es un desliz puntual sino una forma de relacionarse continua donde se niega al otro como persona, se le cosifica. La violencia en la relación está destinada a dominar, someter y controlar a su víctima para, en última instancia, anularla psicológicamente. El mensaje no confesado, y muchas veces inconsciente, es “no te quiero” pero es ocultado para que la víctima no se marche, y así mantenerla a su disposición para poder seguir maltratándola. 

Como señala Marie-France Hirigoyen en su libro “Mujeres maltratadas” (2005), la violencia se articula en torno a varios ejes de comportamiento o actitudes:

Control: La relación se mueve en el registro de la posesión, intentando imponer el modo en el que el otro debe ser, comportarse o pensar. 

Aislamiento:  Para que la violencia pueda perpetuarse es preciso aislar a la mujer de su familia, amigos o vida laboral. Se busca anular su independencia para reducir sus posibilidades de escape.

Indiferencia ante demandas afectivas: Habitualmente, los agresores se muestran insensibles y desatentos a las necesidades o sentimientos de sus compañeras para crear una situación de carencia y frustración que mantenga a la víctima sumida en la inseguridad. 

Humillación y denigración: Los ataques a la autoestima de la persona buscan la humillación y la desvalorización de la víctima. Estos actos pueden ser más o menos evidentes, y cuando la víctima se defiende se pone en cuestión su salud mental. El agresor repite este mensaje de forma continua hasta que consigue saturar su capacidad crítica y de juicio. Finalmente, ella acabará asimilando el mensaje y dejará de sentirse digna de ser amada. 

Actos de intimidación y amenazas: Son las agresiones más abiertas donde el objetivo es controlar y dominar suscitando el miedo en el otro. El asesinato de la víctima, como mayor acto violento, se produce cuando el agresor conecta con una insoportable conciencia de la alteridad y libertad del otro. Por esto, las situaciones de mayor riesgo para la víctima es cuando se separa o consigue espacios de libertad.

¿Existe un perfil de agresor y de víctima?

Las personas maltratadoras no constituyen un grupo homogéneo, y aunque no hay un perfil específico de los agresores, se han identificado diversas tipologías de personas violentas contra sus parejas, habitualmente personalidades con rasgos narcisistas y antisociales. Cabe señalar que las enfermedades mentales son relativamente poco frecuentes entre los agresores. 

Me parece interesante distinguir entre dos tipos de violencia: la expresiva y la instrumental. En el primer caso, se trata de una conducta agresiva motivada por sentimientos de ira que refleja dificultades en el control de los impulsos o en la expresión de los afectos por parte del maltratador. En el segundo caso, por el contrario, la conducta agresiva es planificada y fría, expresa un grado profundo de odio y no genera sentimientos de culpa. Este último tipo es el que está más asociado a personalidades antisociales. 

En relación a las víctimas se ha teorizado mucho sobre sus rasgos masoquistas o dependientes. Es preciso que cese este discurso alienante y culpabilizador centrado en cuestionar a la mujer. Se debe poner el foco en la perversa dinámica que establece el agresor y sus consecuencias sobre la víctima. Ningún rasgo de personalidad de las víctimas justifica ni explica la violencia que es ejercida hacia ellas. Las mujeres no aceptan la violencia psicológica o física, más bien se ven atrapadas por ella gracias a una perversa tela de araña que el agresor va tejiendo a su alrededor y que las paraliza. En el maltrato existe una insidiosa desestabilización psicológica destinada a anular la seguridad de la mujer y así someterla. Solo de esta manera la destrucción psicológica puede tener éxito.  

La violencia de género, un drama social

La violencia de género es una lacra en nuestra sociedad, un grave problema de salud pública, tanto por su elevada incidencia en la población como por las graves consecuencias que produce en las víctimas; mujeres e hijos. No solo es un drama familiar es, fundamentalmente, un drama social. Mientras no se cambie la mirada sobre la violencia ejercida hacia las mujeres y seamos conscientes de que la sociedad es responsable de su erradicación a través, entre otras cosas, de la educación en la igualdad, no habrá avances en esta materia. 

El tratamiento social de la violencia machista no está exento de contradicciones. Es llamativo que todas las campañas de prevención vayan dirigidas hacia las mujeres, animándolas a que rompan su silencio y pidan ayuda, colocando la responsabilidad en ellas. Las campañas no van dirigidas al agresor ni a la sociedad. Tendríamos que reflexionar sobre esto. Es más, cuando estas mujeres piden ayuda se les aleja de su entorno y se las esconde. Como refleja la película, lo que parece el fin, la separación del agresor, puede ser solo el comienzo de una espiral aún mayor de violencia. No estamos respondiendo bien a estas situaciones de alto riesgo. “Custodia compartida” nos plantea todas estas cuestiones. 

El primer largometraje de Xavier Legrand es una película profundamente honesta, que nos muestra el horror cotidiano que sufren las víctimas de violencia de género y desde aquí, nos sensibiliza y nos cuestiona. El director toma partido desde el principio de la película porque es necesario que la sociedad también lo haga. En violencia de género no hay neutralidad posible. 

TODOS SOMOS RESPONSABLES.



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