“SUFICIENTEMENTE RESILIENTE” - Cristina Rodriguez Cahill Psicóloga
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“SUFICIENTEMENTE RESILIENTE”

“SUFICIENTEMENTE RESILIENTE”

PELÍCULA: LA VIDA ES BELLA

(Roberto Benigni, 1997)

“Esta es una historia sencilla, pero no es fácil contarla. Como en una fábula, hay dolor, y como una fábula, está llena de maravillas y felicidad”.

Voz en off, Josué adulto.

 “La vida es bella” es una emotiva fábula que tiene de telón de fondo el nazismo y los campos de concentración, pero que realmente, nos habla de una gran fortaleza humana: la resiliencia. Esta capacidad nos ayuda a sobrellevar y asumir con flexibilidad situaciones difíciles, como la crisis que estamos viviendo actualmente. En estos momentos de emergencia sanitaria mundial, de guerra biológica contra el coronavirus y de confinamiento en nuestros hogares, necesitamos desarrollar al máximo nuestras potencialidades y fortalezas con creatividad, empatía y solidaridad. En esto, Roberto Benigni puede aportarnos grandes enseñanzas.

Esta película comienza como una historia romántica y se convierte en el duro relato de un padre y su hijo en un campo de concentración nazi. Con gran talento, el director es capaz de contar esta historia como una comedia aunque evitando edulcorar la realidad que refleja. “La vida es bella” está basada en la experiencia del padre del director que estuvo dos años en un campo de prisioneros durante la Segunda Guerra Mundial. Según Benigni, la capacidad de su padre de transmitir su experiencia en el campo con humor, inspiró su película. 

Esta tragicomedia es una de las películas más optimistas y conmovedoras de la historia del cine. Es un alegato a la libertad interna y al amor que consigue conmovernos y demostrar que, hasta en los momentos de mayor dolor y restricción de nuestra libertad, la vida puede seguir siendo bella. 

Si buscamos películas que reflejen lo que es la resiliencia, “La vida es bella” es sin duda una de ellas. Guido es un padre con un profundo amor por su hijo que luchará por mantenerle vivo, y además será capaz de convertir la situación del campo de concentración en un juego, con enorme sentido del humor y creatividad. 

Esta cinta es ya un clásico y ha recibido más de cincuenta premios desde su estreno. Fue nominada a siete premios Oscar, de los cuales recibió tres en las categorías de Mejor director, Mejor actor y Mejor banda sonora.

En este artículo quiero contaros tres cosas a las que me llevó a reflexionar la película:

  • La influencia de Chaplin en Benigni 
  • Mi experiencia de no resiliencia
  • Cine y resiliencia colectiva 

Benigni y Chaplin

Roberto Benigni, director y actor de esta película, fue un gran admirador de Chaplin. “La vida es bella” se basa en dos de las películas más emblemáticas de Charles Chaplin. La tierna relación de Guido con su hijo se asemeja a la de Charlot con el niño abandonado en “El chico (1920). Además, ambas películas tienen un contenido autobiográfico. Por otro lado, la mordaz crítica y la ridiculización del nazismo de Benigni tienen claras influencias de la obra maestra “El gran dictador” (1940). El director hace un guiño a Chaplin en esta película con el número del uniforme de Guido en el campo de concentración, que es el mismo que el de Chaplin en “El Gran dictador”.

 Ambos son directores políticamente comprometidos y valientes. La forma de transmitir sus historias entrelaza un gran sentido del humorcrítica social y esperanza en el ser humano. El director italiano, al igual que Chaplin, creó un personaje cómico enfatizando una mímica y una expresión corporal características. Guido es un personaje, al igual que Charlot, aparentemente ingenuo, pero que deja en evidencia la absurdidad de las ideas que sostiene el fascismo italiano.

Hay una conocida escena al principio de la película, donde Guido se hace pasar por inspector educativo en un colegio para conquistar a la que será su futura mujer, que es profesora en ese centro. Guido se ve obligado a hacer una defensa de la superioridad de la raza aria frente a un auditorio lleno de niños y educadores. Ante la sorpresa de su audiencia, Guido presume burlonamente de su cuerpo, incluyendo la perfección de su ombligo ario. 

Mi experiencia de no resiliencia

Llegando al final de la cuarta semana de confinamiento deseaba escribir sobre la resiliencia. Pensé que a todos nos podía ser de utilidad en estos momentos en los cuales el aislamiento empieza a hacerse pesado. Me sorprendió que a quien más le interesó escribir sobre ello fue a mí. Me explico. Para escribir sobre el tema escogí una película que tuviera un protagonista altamente resiliente. Enseguida me vino a la cabeza la emotiva película “La vida es bella”. Guido, su protagonista, me serviría de inspiración. Así que volví a verla, de forma interrumpida, eso sí.

Soy madre monoparental de una niña de un año que durante el confinamiento ha decidido empezar a caminar. Llevada por un impulso exploratorio desatadamente peligroso, dedico mi día a perseguirla evitando los riesgos de su incansable curiosidad. Mis días se suceden entre la dedicación exclusiva a mi hija y el sentimiento de no haber podido hacer nada “productivo”. Para que el lector se haga una idea, para mí, ver una película completa supone una gran hazaña y escribir este blog casi una proeza. 

Dicho esto, claramente yo buscaba en Guido un referente, un modelo que inspirara mis monótonos días. Ese padre que en un campo de exterminio nazi es capaz de convertir la situación en un juego sería, sin duda, un buen maestro. Pero me encontré con algo inesperado, mi reacción emocional viendo la película fue diferente a otras veces. Me desconcertó. Lo atribuí al agotamiento, pero cuando empecé a escribir me di cuenta que mi escritura no fluía como en otras ocasiones. Así fue como di comienzo a un diálogo interno con la película y con mis emociones. ¿Podríamos llamarlo contratransferencia fílmica? Me parece un bonito concepto.

La primera cosa que detecté es que el visionado de la película me había dejado un poso de irritación. ¿Cómo podía un filme tan sublime provocarme esa emoción? De la mano venían sus compañeras, la culpa y la rabia. Me digo a mi misma continuamente -“No debería quejarme porque mi familia está bien y hay personas sufriendo mucho en esta crisis. Podría estar mucho peor”. La culpa me azota e intento comprender qué hace Guido para mantener continuamente su sentido del humor. Yo lo intento, pero fracaso a menudo. 

Mi pequeño hogar se ha convertido en una cárcel y mi hija es la dueña de todo mi tiempo. He leído cientos de recomendaciones para sobrellevar el confinamiento y me siento empachada e intoxicada de consejos que no puedo llevar a cabo. Esto me irrita y me enfada. Yo no puedo hacer ejercicio físico excepto perseguir a mi hija, ni organizar una rutina más allá de sus horarios, me quedo fuera de las conversaciones en los chats que hablan sobre series  o películas porque no tengo tiempo para verlas, ¡ah! y no duermo ninguna noche seguida.

En esta situación, se me hace insoportable leer más consejos en las redes o en mi WhatsApp. Me enfado conmigo misma por tener la expectativa de mantener una actitud positiva en todo momento. Es irreal, así como la película de “La vida es bella” es una bonita aspiración, pero la actitud del protagonista es inalcanzable.

Confieso que hay días que me ahoga este confinamiento. No siempre. Mi terraza, con unas bonitas vistas, me da un respiro pero no dejo de anhelar pisar la calle, pasear con mi hija, abrazar a los míos, tener tiempo para mí, escaparme al cine pero, sobre todo, desearía no tener que acompañar en la distancia a mi pareja que ha perdido a su padre por Coronavirus aislado en el hospital. Echo de menos el contacto físico, la mirada y la sonrisa de todas esas personas que llenan mi vida además de mi hija. Sueño con que volvamos a ser libres y ganemos la batalla a este maldito virus.

Ante tantas libertades perdidas, quiero mantener la libertad de sentir todas mis emociones durante este confinamiento, incluidas las tachadas como negativas. Sí, esas también son mías y quiero apropiarme de ellas. Son normales. Todo esto me hace reflexionar sobre la resiliencia. Para mí, la persona resiliente se permite vivir todas sus emociones y las acepta, gestionándolas de la manera más saludable posible pero sin aspirar a un estado de positividad irreal.

Aspiremos a ser “personas suficientemente resilientes”. ¡Con eso es suficiente! Siempre me ha hecho sentirme tranquila el concepto de “madre suficientemente buena” del pediatra y psicoanalista inglés Donald Winnicott. Me devuelve a mi condición humana e imperfecta, hasta me permite reivindicarla. Es absolutamente liberador. 

Tenemos que diferenciar entre una aspiración y lo real. En esta situación es absolutamente normal sentirse desbordado si uno tiene hijos o triste si algún familiar está ingresado. ¿Cómo evitar la ansiedad si uno vive en un piso pequeño? Todos intentamos llevarlo de la mejor manera posible. Pensaba citar a Victor Frankl en este artículo, pero he cambiado de opinión. Prefiero incluir la famosa e irónica frase que se atribuye al dramaturgo Pedro Muñoz Seca. Este escritor gritó con ingenio, cuando iban a fusilarle durante la Guerra Civil española: ¡Podréis quitarme todo, menos el miedo!

Mi irritabilidad reivindicaba la libertad emocional de vivir mis emociones y tolerarlas. A veces me siento agobiada, con miedo, desbordada, cansada o triste. El virus COVID-19 ha colapsado el mundo con su amenaza. Esta es la dura realidad. Me quiero liberar de la tiránica expectativa que llena las redes sociales y los chats de sobrellevar con optimismo la situación. Este permiso de reconocer y aceptar mis emociones me tranquiliza. Es entonces, cuando me permiten valorar las cosas de las que sí estoy pudiendo disfrutar enormemente como conocer mejor a mi hija, ir descubriendo su propia personalidad y ser testigo de todos y cada uno de sus avances. 

Una de las falacias de la posmodernidad es la venta de que es posible un estado de bienestar en cualquier situación, solo hay que saber desarrollar los recursos necesarios. La Psicología ha pasado a erigirse en portadora de la esperanza de una vida mejor, vacío dejado por la religión. La “happycracia”, concepto creado por Edgar Cabanas y Eva Illouz, es ese discurso reduccionista que dice que si no eres feliz es porque no quieres, porque no te has esforzado lo suficiente o, tal vez, necesitas ir a un psicólogo. Está asociada a la idea de la reinvención personal, donde uno siempre lleva el timón de su vida y puede conseguir lo que se proponga con fuerza de voluntad. Este es un autoengaño social con claros beneficios para el capitalismo. La persona “feliz” será más productiva y la meritocracia justifica la insolidaridad con los colectivos más vulnerables. 

Salir transformados de esta situación será inevitable, pero pongamos por una vez, el peso de la transformación en lo social. Dejemos de exigir al individuo que se adapte a todo y reflexionemos sobre nosotros como sociedad. Es importante replantearnos las bases de nuestra convivencia. Como afirma Carolina del Olmo, en su libro “¿Dónde está mi tribu?”, somos una sociedad que nos hemos quedado sin redes comunitarias de soporte, sin tribu. En la crisis del COVID-19 esto queda en evidencia.

Sin embargo, empiezan a brotar iniciativas sociales diferentes. De las mejores cosas que he visto en estas semanas es la creación de redes de apoyo vecinal solidarias en diferentes municipios de España. Dejemos de buscar un cambio individual y aspiremos a un cambio social, desde los cimientos. ¡Podemos crear una sociedad diferente! Creo que esto es lo mejor que podemos aprender en esta situación. Busquemos espacios de reflexión y elaboración colectiva y realicemos una mutación social. Este momento de crisis es un buen momento para el cambio social, no nos limitemos al cambio individual.

En mi opinión, la respuesta a esta pandemia debe ser colectiva y, por lo tanto, la resiliencia que desarrollemos también debe ser COLECTIVA. Las crisis son oportunidades de cambio. Paradójicamente, estando aislados, se nos pide pensarnos como sociedad. 

¡PENSEMOS Y CONSTRUYAMOS UNA SOCIEDAD DIFERENTE!

 Cine y resiliencia colectiva 

Todas las formas de arte son un factor de resiliencia colectiva. El cine, la pintura o la música permiten compartir de forma creativa el sufrimiento y comunicarlo por medios artísticos. Cuando el relato es compartido podemos modificar la forma en la que nos representamos en aquello que vivimos y esto es especialmente útil en situaciones de adversidad o trauma. El cine es una manera de hacer relatos colectivosHabitualmente, no podemos cambiar las situaciones adversas, pero sí podemos modificar la representación simbólica de las mismas, es decir, qué nos decimos sobre lo que nos está pasando. 

El cine es un medio muy potente para fomentar el desarrollo de las capacidades colectivas de supervivencia y afrontamiento social. La resiliencia colectiva se define como la capacidad de un grupo o comunidad de sobreponerse y tener un afrontamiento positivo frente a adversidades significativas. Los relatos en soledad agravan el sufrimiento del trauma. Sin embargo, los relatos compartidos permiten la elaboración del dolor. Una de las características de la crisis sanitaria que vivimos es la soledad. Sin duda, necesitaremos de los otros para superar esta dura situación.

Las películas nos narran historias. Las historias tienen poderosas influencias en nuestras vidas; en la niñez los cuentos infantiles nos ayudan a entender el mundo y, cuando somos adultos, el cine o cualquier forma de arte nos evade, nos inspira y constituye nuestra matriz cultural. Las historias nos permiten construir una narrativa interior que se ancla en nuestra memoria y que permitirá darnos un sostén durante la adversidad.

El cine crea imágenes mentales, recuerdos en la memoria y arquetipos de poderosa influencia que nos pueden servir como acicates, como ejemplos que nos inspiran o con los que podemos empatizar en momentos críticos. Los personajes de algunas películas y sus arquetipos se convierten en referentes que influyen en nuestra manera de afrontar y gestionar situaciones difíciles. 

El cine no solo nos muestra personajes resilientes en sus películas, sino que su influencia es más profunda, porque establece con nosotros un diálogo emocional. Los relatos cinematográficos ofrecen una variedad de representaciones sociales que permiten múltiples identificaciones o contraidentificaciones las cuales influyen en la construcción de nuestra identidad. 

La realización de películas que versan sobre situaciones traumáticas, como los campos de exterminio, permiten trascender, elaborar y dar salida a muchas angustias y sufrimientos colectivos. Podemos afirmar, por lo tanto, que el cine es portador de resiliencia colectiva; antes, durante y después de situaciones de adversidad.

Como homenaje al recién fallecido Luis Eduardo Aute, me gustaría terminar con unas frases de su canción “Cine, cine”: 

“Pido perdón por confundir el cine con la realidad… Que todo en la vida es cine y los sueños cine son… ¡Más cine, por favor!”



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